Hay decisiones que cambian el rumbo de una vida. Un divorcio es una de ellas. No sólo porque supone el final de una etapa personal, sino porque obliga a afrontar decisiones patrimoniales que, si no se analizan con calma y con criterio, pueden tener consecuencias durante muchos años.
En mi trayectoria profesional he acompañado a numerosas familias que atravesaban este momento. Cada historia ha sido distinta. Algunas separaciones se desarrollaron desde el respeto y la voluntad de alcanzar acuerdos; otras estuvieron marcadas por el desgaste emocional y por importantes diferencias entre las partes. Sin embargo, con independencia de las circunstancias personales, he comprobado que existe una preocupación común: ¿qué hacemos ahora con la vivienda?
Es una pregunta lógica. En muchas familias, la vivienda representa el principal patrimonio construido a lo largo de años de esfuerzo. No hablamos únicamente de un inmueble. Hablamos de ahorro, de estabilidad económica, de proyectos compartidos y, en muchas ocasiones, del hogar donde han crecido los hijos. Por eso, tomar una decisión precipitada puede resultar mucho más costoso de lo que parece.
Con frecuencia, cuando una pareja llega a nuestro despacho cree que necesita vender la vivienda cuanto antes. La experiencia me ha enseñado que esa conclusión no siempre es la más adecuada. Antes de decidir si vender, adjudicar la vivienda a uno de los cónyuges, mantenerla durante un tiempo, alquilarla o estudiar cualquier otra alternativa, conviene analizar la situación patrimonial de la familia en su conjunto, la edad de los vendedores y sus características personales. Porque la vivienda es sólo una pieza de un puzle mucho más amplio.
Éste es, precisamente, uno de los errores más habituales que observo. Se intenta resolver un problema complejo buscando una solución rápida. Sin embargo, las decisiones patrimoniales importantes rara vez mejoran por tomarse deprisa. Mejoran cuando alguien ayuda a ordenar la información, estudiar las distintas alternativas y comprender las consecuencias económicas, fiscales, financieras y personales de cada una de ellas.
Vender una vivienda no es el problema. El verdadero reto es tomar la decisión correcta.
A menudo se identifica el divorcio con la venta de la vivienda. Es comprensible, porque en muchas ocasiones finalmente se vende. Sin embargo, reducir todo el proceso a una operación inmobiliaria supone simplificar una realidad mucho más compleja.
La pregunta adecuada no es «¿debemos vender la casa?»
La pregunta correcta es:
«¿Cuál es la decisión que mejor protege nuestro patrimonio y nos permite comenzar una nueva etapa con la mayor tranquilidad posible?»
La respuesta no siempre es la misma.
Hay familias para las que la venta inmediata representa la mejor solución. En otros casos puede resultar más conveniente que uno de los propietarios adquiera la participación del otro. En ocasiones mantener temporalmente la vivienda permite esperar un momento de mercado o un momento fiscal más favorable. Existen situaciones en las que el alquiler constituye una alternativa inteligente mientras se reorganiza el patrimonio familiar. Incluso hay casos en los que una decisión aparentemente lógica termina siendo la menos eficiente desde el punto de vista económico.
Por eso nunca trabajamos con recetas universales.
Cada familia merece una estrategia propia. Y esa estrategia sólo puede construirse después de comprender en profundidad su situación.
Detrás de una vivienda siempre hay personas
Ésta es probablemente la parte más importante de nuestro trabajo y, curiosamente, la que menos se ve.
Cuando una familia acude a nosotros, no empezamos hablando del precio de mercado de la vivienda ni de la campaña de marketing que podríamos desarrollar. Empezamos escuchando.
Necesitamos comprender qué está ocurriendo, cuáles son las preocupaciones de cada uno, qué objetivos persiguen, si existen hijos menores, cuál es la situación económica de ambos, si alguno desea conservar la vivienda, si existe capacidad financiera para hacerlo o si la prioridad consiste en cerrar esta etapa lo antes posible.
Escuchar no significa dar la razón a una de las partes. Significa comprender el contexto para poder ofrecer un criterio profesional.
He aprendido que, cuando las personas se sienten realmente escuchadas, resulta mucho más fácil encontrar soluciones que beneficien a todos. Y también he comprobado que muchas tensiones disminuyen cuando alguien aporta serenidad, orden y un método de trabajo basado en el análisis y no en la improvisación.
Ésa es la diferencia entre limitarse a intermediar en una compraventa y ejercer un verdadero asesoramiento patrimonial inmobiliario.
Cada decisión tiene consecuencias que conviene conocer
Cuando una pareja toma una decisión sobre su vivienda no está decidiendo únicamente quién se queda con un inmueble o cuándo poner un cartel de venta.
Está tomando decisiones que pueden afectar a cuestiones tan importantes como la carga financiera que asumirá cada uno en el futuro, la fiscalidad de la operación, la capacidad para adquirir una nueva vivienda, el patrimonio que conservarán sus hijos, la liquidez disponible para empezar una nueva etapa o incluso la posibilidad de evitar conflictos posteriores.
Precisamente por eso considero que un buen asesor inmobiliario no puede limitarse a conocer el mercado de la vivienda. Debe comprender cómo interactúan todos esos factores. Debe ser capaz de analizar el momento del mercado inmobiliario, interpretar las tendencias que pueden influir en los próximos meses, valorar correctamente un inmueble, diseñar una estrategia de comercialización eficaz, negociar con solvencia y coordinar su trabajo con abogados, asesores fiscales, notarios, entidades financieras y cuantos profesionales resulten necesarios para proteger los intereses de la familia.
Ésa es la razón por la que una buena decisión patrimonial nunca nace de la improvisación.
Nace del conocimiento.
Lo que la experiencia me ha enseñado
Después de cerca de treinta años acompañando a familias, hay una idea que se ha repetido una y otra vez.
Las personas rara vez se arrepienten de haber dedicado unos días más a estudiar todas las alternativas antes de decidir.
Sin embargo, sí he conocido a muchas que lamentaban haber actuado con excesiva prisa.
Entiendo perfectamente esa urgencia. Cuando una relación termina, es natural querer cerrar cuanto antes todo lo que queda pendiente. Pero precisamente en esos momentos conviene detenerse, ordenar la información y analizar las distintas posibilidades con serenidad.
Porque un divorcio marca el final de una etapa personal, pero las decisiones patrimoniales que se adopten durante ese proceso pueden influir durante muchos años en la calidad de vida de toda la familia.
Y siempre he creído que nuestro trabajo consiste precisamente en eso: ayudar a que las personas puedan empezar una nueva etapa con la tranquilidad de haber tomado la mejor decisión posible.


